La aburrición

Lodolfo se aburre con sus tías todas las mañanas. Ellas, mirando sus novelas repetidas en la televisión vieja, que no se vaya a descomponer la televisión nueva. Él, tratando de pasar desapercibido para que no lo pongan a hacer algo. En su estrategia de no existir se incluye por necesidad el no irse de la sala de la casa de su abuela, que es un horno. No importa la ventana enorme ni que esté en un balcón de segundo piso, y no importa que esté tirado en el suelo. No importa en ese pueblo y no importa en esa casa y no importa en esa parte de la casa. El calor es agobiante y hace más pesado el aburrimiento.

Pero no podía quedarse dormido. Eso revelaría su existencia. Sería peor que gritar aquí estoy. Si eso hiciera, sus tías podrían sólo callarlo y seguir viendo su novela. Lo peor que podía hacer era irse. La ausencia denota existencia. Cómo no va a estar algo que no existe. Si no existe, no existe, no puede no estar. Pero si no está, es que se fue, y hay que irlo a buscar para que se ponga a limpiar el baño o mandarlo a comprar para hacerle sus frijoles a su abuelo. Por eso la misión de Lodolfo consiste en estar ahí tirado en el piso, acompañando a sus tías viendo novelas, a veces volteando a ver la tele, pero casi todo el tiempo pensando en lo aburrido que estaba. Así, como ahí estaba y para que no molestara, lo más fácil era ignorarlo y así desaparecía.

Con mucho cuidado podía ser posible que existiera la posibilidad de lograr acercarse un poquito al balcón, poquito a poquito, casi sin que nadie se diera cuenta, para poder salir al aire de la calle. El salir por el enorme ventanal reducía la temperatura perceptible en varios grados, aunque esta característica de la casa no parecía tener ninguna explicación racional. Lo importante era que era necesario salir al balcón de vez en cuando para no volverse loco. Loco por la aburrición y loco por el calor. Había que ser cauteloso y medir bien los movimientos, pues cualquier movimiento en falso, cualquier actitud más o menos violenta podía despertar a las tías del estado hipnótico que les causaba la novela.

Una vez afuera, la mayoría del peligro había pasado. Si alguien llegaba preguntando por Lodolfo, cosa que para empezar era poco probable, las tías podían decir está allá afuera, casi sin darse cuenta, y sin desatender a lo que están haciendo. Y prácticamente de eso se trataba todo, de que las dejaran ver su novela sin molestar y que siempre se sepa donde estaba uno.

No es que estar afuera en el balcón fuera una gran aventura, pero se trataba de un mundo completamente diferente y mucho menos insoportable. En otros tiempos, cuando estaban sus primos, el balcón era un campo de guerra, una sala de conferencias o un foro para filosofar sobre las cosas de la vida. Ahora era un lugar fresco para estar sentado sin asfixiarse y ver las nubes.

Viendo volar las nubes volaba también la mente de Lodolfo. Pensaba en los mundos que había allá en lo lejos que se veía. Imaginaba sin darse cuenta cómo sería caminar esos caminos lejanos que llevaban a lugares que nunca había visto. Imaginaba la humedad de un campo en que había acabado de llover, ser el viejo cansado que regresa caminando a su casita vieja llena de cosas viejas, cargando lo que fue a buscar para cenar en la noche. Caminando hasta ver ya como se va acercando a su casa, con los zapatos llenos de lodo.