La horchata

A Lodolfo no le gustaba el agua de horchata; no porque la hubiera probado, porque ya no estaba en esas edades, de que dices que algo no te gusta aunque no la has probado pero no la quieres probar porque no te gusta, sino porque cuando la probó la había probado en una fiesta que habían hecho en su kínder y esa agua no había sido preparada con el suficiente esmero. Desde ese momento, Lodolfo tuvo la idea de que el agua de horchata era demasiado insípida para tener chiste y demasiado saborizada como para no dar asco. Entonces, Lodolfo no tomaba agua de horchata.

Ni de piña.

El agua de horchata no le gustaba porque la había probado y estaba mal hecha y no la quiso volver a probar. El agua de piña no le gustaba porque no le era posible comprender cómo podía saber bien algo cuya mera idea le parecía un absurdo. Cómo podía saber bien el agua de piña, eso era una abominación. Aunque en esa época, esas palabras todavía no las podía utilizar Lodolfo porque no las conocía, cualquier palabra que hubiera utilizado tenía el mismo significado. Una abominación, un absurdo, una irracionalidad. Era como decir "disculpe" cuando no has hecho nada malo, o hablarle de usted a alguien de tu familia. Cada vez que una situación lo obligaba a decir una de esas cosas, encontraba la manera de parafrasearlo, y cuando no encontraba manera de hacerlo, mejor se quedaba callado. Cuando alguna situación exigía que tomara agua de horchata o de piña, hacía más o menos esto mismo. Pedía de otra cosa o, si no había de otra cosa o si sabía que lo iban a mirar raro --cómo, no te gusta el agua de hoarchata, tan rica que es--, mejor no decía nada y dejaba el agua ahí abandonada, y trataba de obtener el líquido de lo que fuera que estuviera comiendo.

Todo esto tuvo como consecuencia dos cosas. La primera, que se perdiera de probar la mejor agua de horchata que se hubiera conocido en el mundo, un día que rechazó la que hacía una tía de sus primos en Yucatán, cuando fue con ellos a pasar unas vacaciones. Pero como nunca se enteró que esa era la mejor agua de horchata en la historia de la humanidad, y como nunca volvió a ver a la tía de sus primos porque no era tía suya y porque no volvió a ese lugar sino hasta después que ella se había muerto y, aunque todo mundo hablaba mucho de su agua de horchata de la tía de sus primos, pues ya nunca la probó, y entonces nunca supo a qué sabía y esa pérdida nunca la lamentó. Quizás fue mejor así.

Lo que sí le hizo un daño fue la segunda cosa, la consecuencia de que no le gustara decir cosas inútiles: que nunca aprendió a decir cosas inútiles con efectividad. Cada vez que trataba de hacerlo, porque resultó después que a veces era necesario, se escuchaba ridículo hasta para él mismo, y se pasaba los siguientes meses sintiendo vergüenza por haber dicho algo tan mal dicho. A veces le ocurría que estaba sentado haciendo cualquier cosa o no haciendo nada, y de repente se retorcía por dentro porque había recordado de algo que había dicho hacía seis años.