La muerte de Juaquino Gutierres

A Juaquino Gutierres era la séptima vez que le rechazaban en un trabajo debido a su apariencia. Y debido a su apariencia es que había perdido su trabajo de cuatro años.

A los veintidós años se había metido, gracias a la ayuda palancaria de un ex-compañero de preparatoria, a trabajar en una oficina de gobierno. Empezó como repartidor, pero gracias a la jubilación temprana de Teófilo Matamantes, y a la falta de personal en aquella época, a Juaquino lo ascendieron a burócrata de taquilla. Su trabajo consistía en sellar con el sello del municipio y firmar con su firma propia todos los papeles que le dieran los que hacían cola del otro lado del vidrio, y decirles que pasaran a la taquilla veintitrés a que pagar con la señorita Discreción Altasorna. Eso era todo su trabajo, que tenía que realizar todos los días de entre semana de diez a cuatro. Tenía del cuarto para la una a la una y cuarto para irse a la cafetería a tomarse un café con galletas o comerse los sangüiches que le había preparado su mujer.

Fue por culpa de su mujer, por la de quién más, que se había tenido que meter a trabajar, según contaba su mamá. A esclavizarse, que se dice. Más bien fue por la brutalidad de los dos, porque brutalidad es lo que hace falta para creerle a alguien que dice que nomás con tomar agua de papaya se evitan los embarazos y las enfermedades venéreas. Por suerte que los dos chiquillos eran vírgenes al momento de conocer, así que pues se liberaron del peligro de contraer alguna sífilis o chancro o gonorrea, o vaya usted a saber qué cosa; pero de lo que no se liberaron fue de la maldición de que la señorita anduviera luego diciendo, no entiendo cómo fue que me embaracé, si nos tomamos tres vasos de agua de papaya cada uno.

Por suerte que había tenido Juaquino de no ser tan bruto para el futbol cuando estudiaba en el Colegio de Bachilleres Eligio Ballestanos. Pues con él se ganó la simpatía, entre otros, de Godovoncio Malarrama, que fue el que le consiguió la chamba en el momento del apuro. Así, Juaquino y Remedios, salieron airosos del problema y se casaron.

Pero en los últimos meses, Juaquino había ido descuidando gradualmente su apariencia hasta que a la oficina empezaron a llegar muchas quejas de parte de los que hacían cola del otro lado del vidrio. Una señora decía que cada vez que veía a Juaquino, se sentía muy arrepentida de sus pecados, lo cual interfería con sus ocupaciones nocturnas y todo eso se había reflejado para mal en sus finanzas personales. Otra sintió unos deseos irreprimibles de ir a la catedral, y por andar rezando olvidó el proceso burocrático que tenía que hacer y el banco le quitó su casa. Un señor al que su mujer había abandonado iba pasando frente a la oficina con una botellita de cianuro que le había costado más de lo que podía recordar en conseguir. Al pasar frente a la oficina donde trabajaba Juaquino, volteó y lo vio por la ventana. De repente sus deseos suicidas desaparecieron y tuvo que levantar una queja por el inconveniente causado. Esto último fue la gota que derramó el vaso y el jefe de Juaquino decidió despedirlo para evitar más problemas.

Las entrevistas de trabajo siempre seguían más o menos la misma línea.

—Lo siento, señor —decía siempre el entrevistador—, debe usted darse cuenta que nosotros vendemos una imagen y no podemos tener a alguien con una apariencia tan subversiva trabajando para nuestra empresa. Pero hablaré con mi superior y nosotros nos pondremos en contacto con usted si algo sale. El lunes a más tardar le hablamos por teléfono. Aquí lo tiene anotado, ¿verdad? Bueno, no le quito más su tiempo.

Juaquino no se dejaba engañar por esa falsa esperanza. Era bruto, pero no tanto. Sabía bien que eso significaba que ya se había ido todo a la chingada.

Soponsio Gustávez era el amigo de toda la vida de Juaquino, y estaba dispuesto a salvarlo del aprieto, pues para él era algo más que su amigo del alma y hermano de saliva. Un año y tres meses atrás, Juaquino lo había salvado de unos paracaidistas que ya casi le habían quitado un terreno desocupado que tenía, y en el que ya casi iba a empezar a construir. Si perdía este terreno, se habría jodido, pues lo que había ahorrado para construir tendría que gastárselo en comprar otro terreno y eso sí, a ver quién sabe a dónde, porque terrenos decentes ya no encuentra uno tan fácil. Total que Juaquino lo ayudó conectándolo con unos amigos en Corett y hasta unos granaderos le mandaron para ayudarlo a desalojar por las buenas a los dichosos paracaidistas.

Soponsio ya se había dado cuenta de cuál era el problema con la apariencia de Juaquino –¡se notaba nomás de verlo!–, pero le daba pena decírselo, porque se iba a sentir muy mal. Tenía mejores formas de obrar. Movió sus hilos.

Aunque ya le habían cortado el teléfono, Juaquino todavía podía recibir llamadas, y la que recibió esa mañana era del cura de una iglesia que quedaba como a veinte minutos de su casa. Que se fuera a verlo, que le tenía una buena propuesta. Al verlo, el cura le explicó en qué consistía el trabajo, que estaba un poco flaco, pero que por lo demás estaba perfecto, con perdón de la palabra, que ya se sabe que el único perfecto es Dios, y pues de sus hijos nadie ha dicho nada, así que mejor así la dejamos, que usted ni su hijo es, por más que se le parezca.

A Juaquino lo pusieron en un régimen de ejercicio y estoicismo, pues su nueva carrera, aunque prometía ser fructífera, requería tanto de fortaleza y resistencia física como espiritual. Por lo menos resultó ser católico, que en estos días ya ni sabe uno que se va ir a encontrar, con tanta cosa que hay. Lo educaron en las escrituras e incluso llegó a filosofar un poco con algunas grandes mentes de su época. Progresaba con una rapidez sorprendente. En el terreno artístico, que era en lo que su trabajo consistía realmente, llegó a ser conocido, querido y respetado por todos. Recibía tantas heridas que cuando acababan las fiestas de Pascua los doctores lo regañaban por estarse sometiendo a tremendas barbaridades, que no te das cuenta que barbaridades es lo único que trae la religión. Su fama se extendió primero por la colonia, luego en la ciudad, y el país. Solamente no lo querían en su pueblo natal, la colonia Nazaret de San Miguel Izerroputitlán, Coahuila, porque decían las gentes que de chamaco era muy grosero y contestón.

Su fama llamó la atención de unos productores que querían filmar la vida de Jesucristo y culminarla con un largometraje mostrando de manera realista su Pasión, Muerte y Resurrección.

Juaquino estaba preocupado, no por lo de la Pasión, que ya la tenía dominada, sino por lo de la Muerte, y más que nada por lo de la Resurrección. Eso nadie se lo había enseñado y el cura en lugar de contestar sus preguntas, nomás le decía que esas cosas no se preguntan porque hay que tener fe. Morir debía de ser fácil; resucitar le iba a costar un milagro. Recordó un anuncio que había visto en una peluquería, "Lo imposible lo hacemos de inmediato. Los milagros, tardamos un poco más". Con eso tuvo para convencerse de intentar a ver qué pasaba.

Cuando Juaquino murió, se dio cuenta de que nadie le había dicho a qué horas se suponía que tenía que resucitar, si de inmediato o si tenía que darle tiempo al equipo de producción de arreglar los aparatos y el escenario. Se tranquilizó con las sabias palabras, "Los milagros, tardamos un poco más". Decidió que no debía presionarse demasiado o quizás no le saldría bien el milagrazo que se iba a aventar. Supuso que lo mejor sería darle tiempo a los técnicos. Al cumplirse el tercer día, Juaquino trató de resucitar, pero no le salió.

Todos habían esperado a que resucitara enseguida después de la escena de la muerte. Bajaron el cuerpo de Juaquino de la cruz, lo acomodaron en el set para grabar la escena que seguía, echaron a rodar las cámaras y esperaron.

Lo primero que se les terminó fueron las tortas. Aunque lo resolvieron rápido pidiendo unos panuchos de la señora de aquí a dos cuadras. Lo segundo que se acabó fue el rollo. Eso estuvo más difícil porque el rollo era caro y ya no tenían mucho presupuesto. Lo tercero que se acabó fue la ventilación. Y así fue como se dieron cuenta que el cuerpo de Juaquino ya se estaba echando a perder. Decidieron cremarlo y tirar las cenizas desde una avioneta sobre las casas de la colonia Nazaret de San Miguel Izerroputitlán, Coahuila. Después las gentes procedieron a barrerla de las banquetas porque se veía feo eso así todo polvoriento.

Un señor con cara de que andaba pensando en todo menos en lo que tenía enfrente estaba paseando cuando se encontró a Juaquino llorando desconsolado. Le preguntó, chamaco ¿qué anda usté haciendo por aquí? ¿y por qué tan triste que está tan bonito el día? mire nomás las nubes, esa parece un conejito". Juaquino le contó como pudo porque como que le agarraban suspiros de niño llorando y el señor que ya no sabía ni cómo consolarlo lo invitó a su casa a tomarse un chocolatito, que dicen que eso cura todo.

Don Dionisio, que así se llamaba el señor le dio su chocolate a Juaquino y le dijo que se sentara con él para ponerse a platicar, pero aquí no porque aquí se sienta el gato. Sin darse cuenta se les fue haciendo costumbre que todas las tardes Juaquino visitaba a don Dionisio y se sentaban juntos a platicar de las cosas que platica la gente, tomando chocolate o a veces café, quién sabe cuántos años, que eso realmente no importa, porque ¿quién lleva la cuenta de los años cuando la gente se lleva tan bonito?